Vol. 31 Núm. 339 (2026)
Yo Quiero a mi Bandera
El fenómeno del fútbol trasciende la mera competencia deportiva para convertirse en uno de los espejos socioculturales más complejos de la era contemporánea. El Mundial de Fútbol 2026 -una cita sin precedentes por su escala geopolítica e infraestructura compartida-, hizo que el simbolismo patrio vuelva a ubicarse en el centro del debate comunicacional. Se hizo evidente que existe una tensión histórica recurrente en la frontera entre la identidad colectiva y el chauvinismo. En el marco de un megaproyecto como la Copa del Mundo, la bandera operó como un poderoso catalizador de cohesión social, pertenencia y memoria comunitaria. Sin embargo, cuando el apasionamiento pasa de ser un sentido de orgullo a una herramienta de autoafirmación excluyente, el nacionalismo que se expresa en el ámbito deportivo corre el riesgo de mutar en intolerancia y xenofobia.
En estos tiempos y escenarios, es un enorme desafío colectivo reivindicar a la bandera como un espacio de encuentro y diversidad, superando la narrativa bélica o la denigración del adversario. Amarla no implica cegarse ante las falencias propias ni desvalorizar al otro, sino reconocer en el color ajeno un interlocutor válido en la fiesta del fútbol. En un sentido posible, se vivencia un acto de pertenencia y de memoria afectiva. La camiseta que vestimos y la tela colgada en el balcón llevan cosidas historias familiares, juntadas con amigos, gritos atragantados en la infancia y la ilusión renovada cada cuatro años.
En un mundo fuertemente interconectado pero a la vez socialmente fragmentado, el Mundial 2026 ofreció la oportunidad de reflexionar sobre cómo habitamos el patriotismo deportivo. Para algunos sirvió para entonar el amor por los propios colores desde el respeto mutuo, demostrando que el verdadero valor de una bandera no reside en menospreciar a los demás, sino en la capacidad de unir a un pueblo en una pasión compartida.
Tulio Guterman, Director - Agosto de 2026



