Cita
sugerida: Acosta Sepúlveda, R.,
Cárdenas Guenel, A., y Rannau Garrido, J.P. (2022). Motricidad humana:
desde una trascendencia inmanente. Lecturas: Educación Física y
Deportes, 27(288), 139-147. https://doi.org/10.46642/efd.v27i288.2445
Resumen
El presente artículo tiene por objeto reinterpretar la Motricidad Humana
conforme a sus elementos constitutivos esenciales: corporeidad, percepción,
movimiento, intencionalidad-consciencia, espacialidad y temporalidad. El ser
humano en tanto que sujeto motricio proyecta su accionar en base a tales
elementos. No obstante, su manifestación debe entenderse mediante una
relación indisoluble entre trascendencia e inmanencia. Pues, en toda
experiencia humana, como en la experiencia de nadar, se manifiesta una
trascendencia inmanente que determina el ser que somos en cuanto ente
motricio.
The purpose of this article is to reinterpret Human Motricity according to
its fundamental constitutive elements, namely: corporeity, perception,
movement, intentionality-consciousness, spatiality and temporality. The
human being as a motrice subject projects his actions based on such
elements, for example in the experience of swimming. Well, its manifestation
necessarily occurs through an indissoluble relationship between
transcendence and immanence, that is, as an experiential manifestation of
the being that we are in the becoming of an immanent transcendence.
Keywords: Human Motricity.
Experience. Transcendence. Immanence.
Resumo
Este artigo visa reinterpretar a Motricidade Humana segundo seus elementos
constitutivos essenciais: corporeidade, percepção, movimento,
intencionalidade-consciência, espacialidade e temporalidade. O ser humano
como sujeito motor projeta suas ações a partir de tais elementos. No
entanto, sua manifestação deve ser compreendida por meio de uma relação
indissolúvel entre transcendência e imanência. Pois bem, em toda
experiência humana, como na experiência de nadar, manifesta-se uma
transcendência imanente que determina o ser que somos como entidade motora.
En primer término, no es menor el hecho de que la raíz del asombro que
sintieron los presocráticos se hallase en relación a la experiencia del
movimiento. Tal experiencia fue determinante en la Grecia Antigua, puesto
que allí, en base a la razón, surgieron preguntas fundamentales acerca de la
naturaleza de las cosas. La concepción griega del movimiento, en tanto que va
más allá de una mera kínesis, se corresponde con el cambio o la
variación (Marías, 1991). Es decir, el asombro de los griegos acaece en lo que
cambia o varía.
Por otro lado, no es menor que tanto en la Antigüedad clásica como en el
Medioevo, predominara una concepción dualista de la realidad, heredada de los
planteamientos de Platón y la tradición judeocristiana. Tal concepción del
hombre como realidad escindida entre cuerpo y alma, también está presente en
la Modernidad. Inclusive, aún existe cierto vestigio de dualismo en la praxis
contemporánea. No obstante, la perspectiva dualista del ser-humano comienza a
modificarse mediante una fenomenología experiencial, que reinterpreta la
realidad de un cuerpo vivido que constituye la apertura de la percepción del
mundo y, que crea el mundo, mediante un otorgar sentido a la existencia. Esto
conlleva reconocer tanto la corporalidad de la conciencia como la
intencionalidad corporal (Merleau Ponty, 1993), en donde el ser-humano viene a
ser una unidad indisoluble, a saber, una sustantividad psico-orgánica. (Zubiri,
1974)
En este sentido, se sitúa la Motricidad Humana como ciencia que se fundamenta
en base a determinados elementos constitutivos, tales como: la corporeidad, la
percepción, el movimiento, la intencionalidad-consciencia, la espacialidad y la
temporalidad (Benjumea, 2010). Así, pues, se reinterpreta la Motricidad Humana
conforme a sus elementos constitutivos fundamentales, en base a una relación
indisoluble entre trascendencia e inmanencia, toda vez que el ser-humano se
manifiesta experiencialmente como sujeto motricio, en el devenir de una
trascendencia inmanente.
Cabe señalar que la reinterpretación, en tanto que volver a interpretar los
fundamentos de la Motricidad Humana, tiene su relevancia como tarea
hermenéutica constante y progresiva, en la necesidad de alcanzar una auténtica
comprensión de la misma. Pues, los límites y posibilidades de la
reinterpretación de la Motricidad Humana, se enmarcan en una trascendencia
inmanente sobre la determinación de sus elementos constitutivos, que en su
unidad estructural, y por ende sistémica, le permiten su completa
configuración y distinciones específicas, proyectadas en la acción como
dimensión humana.
En
torno a la Motricidad Humana
En base a los elementos constitutivos de la Motricidad Humana (corporeidad,
percepción, movimiento, intencionalidad-consciencia, espacialidad y
temporalidad), cabe considerar, en primer término, que la corporeidad es un
elemento central, en tanto que el cuerpo se encuentra inmerso en un mundo de
significados que son vivenciados mediante una relación dialéctica del estar en
el mundo. El cuerpo posee un significado intrínseco de lo humano que se
manifiesta en una realidad dinámica de interacción con el mundo y la otredad.
Por su parte, la percepción es una experiencia bio-cultural de reconocimiento,
interpretación y significación de las múltiples sensaciones adquiridas
(Vargas, 1994), en donde cabe su posibilidad de expansión desde un horizonte de
sentido que proporciona la lingüisticidad de la experiencia del mundo
(Cárdenas, 2020). A su vez, el movimiento si bien está asociado con el acto
motor y toda una organización neuroanatomofisiológica, en cuanto acción, no
obstante, existe un movimiento intencional que se manifiesta en la consciencia
de un cuerpo presente como situación originaria, en donde el pensamiento emerge
de la consciencia del cuerpo, generando una apertura experiencial que otorga
sentido al movimiento (Sérgio, 2006). Es así como la intencionalidad es
inseparable del acto en cuanto acción generadora de matrices constitutivas del
ser bio-cultural que somos (Toro, 2006). Todo esto, se sitúa en una dimensión
espacio-temporal, en donde la espacialidad acontece como experiencia de
construcción social respecto de una orientación, estructuración y
organización espacial; en tanto que la temporalidad, envuelve a la experiencia
presente interna del sujeto respecto del pasado y el futuro. (Benjumea, 2010)
De este modo, la Motricidad Humana se constituye como un complexus, o
tejido en conjunto. Pues, la complejidad, según Morin (2001) es “un
tejido de constituyentes heterogéneos inseparablemente asociados: presenta la
paradoja de lo uno y lo múltiple” (p. 32). Lo motricio en sentido holístico,
se manifiesta bajo la complejidad de las múltiples funciones y relaciones de
sistemas y órganos de lo humano, que en cuanto sujeto de conocimiento, y no
así objeto, se presenta como un fenómeno extraordinariamente complejo. Así,
pues, es posible generar una apertura experiencial llena de sentido, desde la
convergencia de los elementos fundamentales que constituyen la Motricidad
Humana.
En su carácter experiencial, la Motricidad Humana implica un determinado hacer.
La experiencia en cuanto hacer, nos acaece de un modo tal que nos transforma en
el andar. El andar implica un modo de orientarse a partir de un trasfondo de
sentido. En efecto, la Motricidad Humana conlleva la interrogante acerca de
cuál es el camino a elegir y cuál es el modo de recorrerlo, lo cual determina
nuestro modo de ser. El ser-humano, se encuentra en un proceso dialéctico de
constante autorrealización, mediante un estar siendo en situaciónque
afecta nuestra existencia; es un estar situado en la finitud de la experiencia,
como límite y posibilidad, que nos constituye frente a la
ambigüedad e incertidumbre de la existencia, conforme al ser finito que somos,
esto es, seres de carne y hueso. Nuestra condición humana es de un modo escindida,
la cual se manifiesta en el desarraigo existencial o en el extrañamiento
del mundo, desde la continua reflexión de nuestra naturaleza, como un “poner
en suspenso”, es decir, tomando distancia autorreflexivamente de sí mismo.
Esto es un orientarse respecto de un sentido como posibilidad de trascendencia,
que no puede ser de un modo definitivo o absoluto, puesto que el ser humano
está en una continua realización, en las distintas situaciones y relaciones,
las cuales se hallan sujetas a una condición espacio-temporal. Por ende, toda
posibilidad de trascendencia sólo es posible de comprender desde lo inmanente.
(Mèlich, 2008)
Desde
una trascendencia inmanente
Pero, ¿qué quiere decir trascendencia e inmanencia? La trascendencia, es un
pasar a un otro lado, significa un sobrepasar o superar algo. Esto pareciera
ser, en cierto modo, algo exterior al ser-humano, y por tanto, inalcanzable. No
obstante, la trascendencia acaece en la propia configuración de un mundo
relativo a la esencia del ser-humano, lo cual es constitutivo y originario de la
subjetividad del sujeto. Ser sujeto es trascender (Muñoz, 2015). La
trascendencia comporta un carácter teleológico, como energía que permite el
movimiento intencional como forma de superación (Sérgio, 2006). En otras
palabras, cabe una forma de ver el mundo situado en su historia, en lo
educativo, cultural y social, en base a una trascendencia. Por su parte, la
inmanencia, en cuanto estado de permanencia, hace referencia a lo que es
interior o intrínseco de algo. Es la subjetividad corpórea que reclama el ser
visibilizada y comprendida desde la carne interior que somos, o sea, desde una
hermenéutica encarnada (Jaramillo, 2013). En este sentido, la Motricidad Humana
como fenómeno de la complejidad, atiende a la comprensión del ser humano desde
una relación dialéctica e inmanente de todas sus dimensiones en comunicación
con el mundo. De algún modo, el valor principal es la “acción” que
constituye pensamiento, emoción, intención y convivencia, y que se sitúa en y
más allá de la práctica de un movimiento (Sérgio, 1999). Por ello, la
trascendencia debe evitar excluir o invisibilizar la inmanencia de las
múltiples formas de vivenciación de la corporeidad (Hurtado, 2008). Vale
decir, la Motricidad Humana como manifestación del ser que somos en el mundo,
puede ser concebida desde una fusión horizóntica entre trascendencia e
inmanencia.
En el momento en que la trascendencia deja de concebirse exclusivamente en base
a lo exterior y lo superior, pasa a constituirse en la realización total y
plena de la inmanencia (Antonelli Marangi, 2013). Es decir, la inmanencia deja
de ser aquello otro distinto de la trascendencia, en tanto que ambas formas,
trascendencia e inmanencia, ocurren mediante una interrelación continua. De
ahí que el ideal común que emerge del encuentro con los otros
pertenezca al dominio de la trascendencia inmanente, en tanto que el
ideal está más allá del tiempo individual, a saber, se halla circunscrito
más bien a un tiempo y territorio social (Carretero, 2009). Esto podría
representarse en términos de una imagen geométrica, en donde la trascendencia
inmanente es como un triángulo equilátero proyectado hacia arriba dentro de
una circunferencia, vale decir, el triángulo entendido como trascendencia y, la
circunferencia como inmanencia; ambas formas situadas bajo una indisoluble
relación.
Sobre
la experiencia de nadar
Ahora bien, ¿cómo podríamos concebir la trascendencia inmanente desde una
particular manifestación de la Motricidad Humana? Quizás, la experiencia de
nadar, en cuanto experiencia del hacer, pudiera mostrarnos algo al respecto.
Pues, la experiencia es un viajar de la conciencia cuyo andar, en este caso, es
una forma de despliegue en que el sujeto que nada, a saber, un nadador, tiene la
posibilidad de volverse experimentado. Pues, la corporeidad confiere un sentido
a la experiencia del estar inmerso en una determinada forma sustancial de la
materia, como es el agua. A su vez, por medio de la percepción, hay un
reconocer, interpretar y significar las múltiples sensaciones que ocurren en un
desplazamiento circunscrito dentro de una dimensión espacio-temporal. Asimismo,
hay un movimiento intencional que se expresa en lo corporal en forma implícita,
consistente en generar la menor resistencia posible al avance o, en otras
palabras, una corporalidad de la conciencia que es determinada por la
hidrodinámica. De ahí que, por ejemplo, en el estilo crol sea fundamental la
acción de los brazos (entrada, agarre, tirón, empuje y recobro), la acción de
las piernas (batido ascendente y descendente), la posición del cuerpo
(alineación horizontal, alineación lateral y rotación) y, la respiración (en
su forma efectiva de inhalar y exhalar), entre otras tantas consideraciones
técnicas. Inclusive, no es menos cierto que el nadar en aguas abiertas, como
por ejemplo, en el Lago Llanquihue, alrededor de la península de Centinela de
la comuna de Puerto Octay-Chile (véase Foto 1), se pueda manifestar el
despliegue de una particular experiencia de sentido, por cuanto que al estar
inmerso en un determinado espacio que se corresponde con la finitud circundante
de lo motricio y, desde la situación sentipensante del estar nadando en un
determinado espacio en la inmensidad del cosmos, ciertamente, conlleva un
particular “asombro” del propio existir. Esto además tiene relación con la
manifestación de un sentir de plenitud respecto de una experiencia que no está
más allá, sino aquí y ahora, es decir, como fenómeno de la vida misma en su
autenticidad.
Foto
1. Península de Centinela, Puerto
Octay-Chile
Fuente:
AChilepoh (2018)
En efecto, la experiencia de nadar se corresponde con una orientación que
tiende a pasar de un lugar a otro, es decir, implica un sobrepasar o superar
algo, lo cual acaece en la subjetividad del sujeto que configura su mundo desde
tal vivencia. Nadar es trascender. Pues, su posibilidad radica en una energía
que le permite superarse en torno a un movimiento intencional, o en otras
palabras, en base a una trascendencia. Pero, la experiencia de nadar, implica a
su vez un permanecer con referencia a algo que es intrínseco al propio sujeto
que experimenta la acción misma de nadar; porque, nadar es también una
experiencia interna del sujeto que nada. Por tanto, la acción de nadar implica
una relación dialéctica de trascendencia e inmanencia. En otras palabras, el
nadar es una experiencia de trascendencia inmanente.
Inconclusión
Pues bien, el ser que somos en el mundo, puede concebirse desde la esencia de la
Motricidad Humana, es decir, conforme a sus elementos constitutivos:
corporeidad, percepción, movimiento, intencionalidad-consciencia, espacialidad
y temporalidad. Toda experiencia humana, como sucede en la experiencia de nadar,
se despliega necesariamente en base a tales elementos. Pero, tal manifestación
experiencial se despliega mediante una indisoluble relación entre trascendencia
e inmanencia, lo cual se corresponde con el fenómeno de la vida misma. Es así
como la reinterpretación de la Motricidad Humana desde una trascendencia
inmanente, es también una forma de concebir la vida bajo una genuina gratitud
de experienciar la vida en cuerpo presente, otorgándose la posibilidad
de un reencantamiento de lo concreto. En efecto, la experiencia de nadar puede
concebirse como una particular manifestación de la Motricidad Humana que se
despliega desde una trascendencia inmanente y que por tanto determina el modo de
ser en tal vivencia.
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